Durante el embarazo, madre e hijo no solo comparten espacio, alimento y latido. También intercambian una pequeña cantidad de células. Algunas células del hijo pueden permanecer durante décadas en el cuerpo de la madre, y algunas células maternas pueden acompañar al hijo hasta la vida adulta. La ciencia conoce este fenómeno como microquimerismo maternofetal.
Quizá por eso la maternidad deja una huella que no es solamente recuerdo. El cuerpo también conserva una memoria silenciosa de aquel vínculo.
Un hijo lleva para siempre algo de su madre.
Y una madre guarda para siempre algo de su hijo.
Después llegan los años, los cambios, la distancia y, algunas veces, incluso el rechazo. Pero hubo un tiempo en que dos vidas estuvieron unidas de la manera más íntima posible. Y algo de esa unión permanece.
El vínculo puede cambiar de forma, doler o necesitar descanso. Sin embargo, haber amado y haber sido casa para un hijo nunca desaparece por completo.