Recuerdo una etapa en la que no podía hacer mucho.
Tenía intención, pero no tenía fuerza.
Quería avanzar, pero el cuerpo y la mente no acompañaban.
Y eso frustraba.
En ese momento, pedía mucho a Dios algo muy concreto:
volver a ser trabajadora.
No en grande.
No como meta lejana.
Como algo que pudiera empezar a vivir desde lo pequeño.
Me decía a mí misma:
Soy trabajadora. Estoy empezando.
Y desde ahí hacía lo mínimo.
Lo posible.
A veces era muy poco.
Pero no lo vivía como fracaso.
Lo vivía como participación.
Sentía que estaba dentro del proceso.
No esperando a estar bien para empezar,
sino empezando desde donde estaba.
Eso cambió algo importante.
No solo lo que hacía,
sino desde dónde lo hacía.
Dejó de ser exigencia.
Empezó a ser coherencia.
Poco a poco, lo mínimo fue suficiente para sostenerme.
Y desde ahí, algo se fue ordenando.
No todo a la vez.
No de forma perfecta.
Pero sí real.
Había paz.
No porque todo estuviera resuelto,
sino porque yo estaba participando.
Participando en mi proceso.
En mi recuperación.
En mi crecimiento.
Y en ese lugar, me reconocí.
No por lo que hacía,
ni por lo que conseguía,
sino por lo que ya era.
Desde ahí, todo empezó a tener sentido.